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Por mi ventana

  • Foto del escritor: M. Skatrovsky
    M. Skatrovsky
  • 10 may 2021
  • 6 Min. de lectura

El martes 17 de marzo de 2020 la directora de la escuela nos reunió a la hora del recreo, recuerdo que nos dijo con voz descompuesta: “el covid ya llegó a México y se nos adelantarán las vacaciones, después de eso se verá nuestro proceder, trabajaremos hasta el 20 de marzo para preparar a los niños y dejarles tareas, esperemos que las vacaciones no se prolonguen demasiado, pero ya nos dirán a ruta a seguir”

Desde de septiembre de 2019 se escuchaba en los noticieros y en las redes sociales la noticia de una enfermedad parecida a la gripe pero que era familia de los coronavirus, el origen: China. “Tenía que ser”, decía mi esposo mientras cambiaba de canal. Cuando las autoridades educativas dieron la orden muchos pensamos que sería parecido a la cuarentena de la influenza H1N1 del 2009, considerábamos que no iba a ser de gravedad y podríamos aprovechar el tiempo con nuestra familia y que no habría problema en adelantar una semana las vacaciones de Semana Santa.

Mi escuelita está instalada en una comunidad cercana a la ciudad de Oaxaca. No tengo casa propia, rento, vivo con mi esposo y mis dos hijos pequeños. Así pues procedimos a atrincherarnos en la casita que rentamos: dos cuartos, una cocina, un baño, un patio pequeño y un lavadero que compartimos con la casera.

La primera semana de cuarentena —tengo que decirlo— no había ningún contagio en Oaxaca y mucho menos en el pueblo, la gente se negaba a creer que el virus había llegado y como eran vacaciones no había cuidados especiales, ni cubre bocas, ni geles antibacteriales, ni sana distancia. En la televisión veíamos como toda la atención se volcaba a los anaqueles vacíos de papel sanitario de las tiendas departamentales de Estados Unidos. Eso fue durante toda la Semana Santa, cuando terminaron las vacaciones no volvimos a las aulas. Realmente mi primera reunión por zoom fue muy precipitada, no era nuevo para mí pero sentí raro escuchar a mi directora dar indicaciones para la reanudación de labores.

Mientras tanto, hubo personas en la ciudad que empezaron a vender cubrebocas, desde los más chafitas hasta el KN95. El debate sobre la utilidad del cubrebocas había comenzado: que el de tela, el tricapa, el quirúrgico, el original KN95, que no era necesario, etc. Eso duró más o menos todo el mes hasta que en mayo empezaron los protocolos obligatorios en cada tienda departamental y también tienditas de la esquina. Llegó un personaje: Susana Distancia y con ella toda la parafernalia televisiva. Era temerario prender la tele, pues ya había iniciado el conteo de contagios, muertes y el peligro que había al contraer el COVID. Que si se transmitía por aire, sobrevivía en superficies, que las gotículas de saliva, el metro y medio de distancia, que la mayoría de jóvenes eran asintomáticos, que los niños eran inmunes, uff. Qué días tan pesados.

Lo que más me afectó fue el encierro, marzo, abril, mayo, junio, julio. El fin de ciclo escolar, la evaluación a distancia, las vacaciones de fin de curso, la esperanza de regresar a las aulas, el inicio de otro ciclo escolar, la nueva normalidad.

Mi nueva normalidad era un caos. Perdí mi rutina diaria: de levantarme a las seis treinta de la mañana y regresar a la dos de la tarde a pararme a las nueve de la mañana y no salir para nada. De estar rodeada de niños y colegas y madres de familia a ser solo mis hijos y yo. Mi esposo trabaja fuera así que solo llega los fines de semana, para convivir, ir por la despensa, jugar con los niños (y conmigo).

En la primaria cambié de grupo, me asignaron primer año, quince niños. Enseñarles a leer y escribir. El servicio de internet no es bueno (en el estado de Oaxaca solo el 55.3 % tiene cobertura de internet) ni pensar en las clases por zoom o video llamada; además, la mayoría de las familias de mis alumnos cuentan con un celular y ese celular lo usa la cabeza de familia que regularmente es la persona que sale a trabajar y regresa hasta la noche, así que se me complicó un poco el trabajo con mis alumnitos. El grupo de Whatsapp fue la respuesta para comunicarme con los tutores pero no con mis peques, un envío de actividades sin rostro, sin alma. Empecé a mandar videos, tipo tutoriales para que los niños me sintieran cerca y su maestra tuviera un rostro y voz. Les hablaba por teléfono o hacía video llamadas individuales para ver el avance “real,” pero, como saben, nada se compara con la presencia e interacción en un salón de clases.

En casita con mis hijos toda la semana tratando de llevar el día lo más normal posible, dedicándoles el tiempo que por muchos años les negué debido al trabajo, los primeros tres meses podíamos ir a las canchas, pero al cuarto mes la autoridad municipal decretó su cierre temporal y entonces nuestro refugio se volvió campo de batalla.

Iniciado el mes de diciembre mi cabeza quería explotar porque ya no sabía qué actividades hacer con mis hijos, me crispaban los nervios cuando peleaban por algún juguete, porque no les daba lo que querían o porque estaban irritables luego de una siesta. Me sentía sola, mis momentos felices eran las mañanas detrás de mi ventana que daba a la calle en las que Mire (la señora de las gelatinas) llegaba a venderme algunas, cuando Martha (la señora del atole) llegaba con su carretilla y sus cubetas de atole blanco, panela o champurrado y mis hijos salían emocionados con la cubeta y veinte pesos en la mano. Doña Angelina, la de las tortillas; Doña Juanita, la de las verduras y Doña Tila, la del pollo llagaban y en esos momentos entablaba una plática simple y llana sobre el clima, sobre la situación, sobre los casos de COVID en el pueblo, sobre los muertos, se despedían con una sonrisa, sin saber que aparte de proveerme de comida también me aseguraban un ratito de felicidad porque platicar con alguien me hacía el día. Una de ellas Tilita, que no paraba desde la mañana hasta la tarde repartiendo el pollo, periódicamente me gritaba desde la ventana: “¡Maestra! ¡¿Va querer pollo?!” Saludaba a mis hijos, me chuleaba o se quejaba del clima. Sus palabras eran aire fresco para mí.

En las noticias se hablaba del inicio de la vacunación, pero en el pueblito se veía muy lejano ese proceso.

Recuerdo que la temporada más triste fue a finales de diciembre y principios de enero, se escuchaban las campanas del pueblo dando la agonía casi a diario, las noticias de quién había muerto llegaban en esas apresuradas conversaciones con mis proveedoras de alimentos. “Dicen que fue COVID pero no se sabe bien a bien qué fue.” “Se enterró ayer, no hubo ni rezos.” “Ya estaba grande el señor.” “Dicen que toda su familia se enfermó.” Eran los dichos recurrentes.

Cinco tutores de mis alumnos me comunicaron que los abuelitos de la familia habían enfermado, era COVID. Una de las enfermas era Doña Tila a quién no volví a ver y semanas más tarde las campanas anunciaron su partida, la de las tortillas me lo confirmó, fue una gran consternación, lloré mientras lavaba los trastes, y es que aunque no era familia, la sentía cercana, amiga. No he comido pollo desde entonces, siento que la traiciono si compro en otro lado (cosas de pandemia, caray). Cuando terminaron las vacaciones de invierno regresamos a las clases a distancia, yo veía muy lejano el regreso presencial y las campanas no descansaban.

Una semana después del fin de las vacaciones, mi marido me dijo que no identificaba el olor de los alimentos, no le quise creer. A los cuatro días yo me empecé a sentir mal, un cansancio terrible y pocas ganas de seguir, pero no podía quedarme en cama, quién iba a atender a mis dos hijos, quien iba a darles de comer, a bañar, a cuidar. Tres días después perdí el olfato, abría el envase de fabuloso para oler su intenso aroma y nada, no olía nada. Lo que faltaba, carajo, me resguardé en la casa, evité besar y apapachar a mis hijos, utilizaba el cubrebocas hasta para dormir, y me sentí más sola que nunca.

A principios de febrero recuperé mi gusto y mi olfato, pero no mis ánimos. Mis hijos estaban resintiendo las pocas salidas y yo le exigí a mi esposo su permanencia en la casa. No puedo sola, estoy agotada. Fue una de las discusiones más difíciles de mi vida. Llegamos a un acuerdo, espero que el dinero me siga alcanzando hasta que esto vuelva a la normalidad, mientras tanto, tengo marido en casa.

En marzo sentí cierta estabilidad en casa, con mis hijos, las vacaciones nos alcanzaron y los rumores de un repunte hicieron que tomáramos más precauciones y evitáramos multitudes, nuestras vacaciones fueron una visita al río y un domingo de pozole.

Desde febrero hasta la fecha se empezaron a vacunar los abuelitos y el semáforo verde se veía cerca en Oaxaca, hoy es veinte de abril y ya está planeada una ruta para vacunar a los maestros del país. Dos de mis tíos murieron, mi abuela ya fue vacunada. Me siento bien, pero tengo miedo del futuro y de que esta pandemia nunca acabe. Sueño con regresar a laborar pero sufro por volver a la rutina, ya no veo las noticias, mi esposo no tiene trabajo. Pero estamos vivos, carajo.

 
 
 

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